martes, 20 de enero de 2026

Algo sobre los elementos de la tradición recuperada en ejercicio etnográfico y etnomusicológico de refolclorización en la capital leonesa: "el cotino", "el fervudo", "echar los refranes" y "la demanda de San Antón"



 



Fotos gentileza Virginia Morán

Fotos 2024-26  de "la hoguera y la "demanda de San Antón": "que buenas demandas son"


𝑼𝒏 𝒂𝒏̃𝒐 𝒎𝒂́𝒔, 𝒑𝒐𝒓 𝑺𝒂𝒏 𝑨𝒏𝒕𝒐́𝒏 𝒆𝒏 𝑳𝒆𝒐́𝒏 (𝑬𝒔𝒑𝒂𝒏̃𝒂), 𝒑𝒖𝒆𝒔𝒕𝒂 𝒆𝒏 𝒗𝒂𝒍𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝒆𝒔𝒕𝒂 𝒕𝒓𝒂𝒅𝒊𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝒑𝒆𝒓𝒅𝒊𝒅𝒂 ¡𝒀 𝒗𝒂𝒏 𝒄𝒂𝒔𝒊 20 𝒂𝒏̃𝒐𝒔❗


Como cada año desde hace unos veinte, en la mañana de la víspera del fin de semana en el que preparamos la celebración de San Antón -este año, día 17 y auténtica fecha de festividad-, los miembros de la Asociación San Francisco El Real Extramuros de León, realizamos "la demanda de San Antón". Acto en el que, a modo de sonoro pasacalle de "aguinaldo" al son de flauta y "tamborín", de la dulzaina y caja y de cencerros, "esquilinas", cantos típicos y característicos de la celebración, junto a chascarrillos y, como es costumbre, constantes "vitoreos" al Santo, vamos recogiendo los productos del cerdo que nos donan distintas firmas comerciales. Con ello se recupera e integra en un contexto urbano próximo de un casco viejo y ensanche el proceder de la costumbre en muchos lugares de la provincia. Y los vamos colgando en "el espadón" que, portado a hombros a modo de "varal de embutidos", recorre las rúas para su muestra antes de ser obsequiados en el sorteo de la tarde, durante "la hoguera". Significada "lumbre" tradicional al Santo en la ciudad y proximidades del vetusto hospitalón de San Antonio Abad hasta los años veinte del pasado siglo -como indicase Eguiagaray y Pallarés-. Preside la misma la imagen del Santo en sus andas -prestadas del Niño de Santa Marina-: con "su cuelga" y su cerdín a los pies junto a los productos tradicionales del cerdo en una bandeja de mimbre.

Todo mientras, los componentes del grupo Xeitu, acercan y hacen muestra de nuestro patrimonio dancístico animando el acto. En este se "echan los refranes" tradicionales, por Manu Ferrero y, acto seguido, el mantenedor de esa edición hace "las coplas" con acopio satírico de sucedidos del año tras entonar la invocación: ¡Oh Divino San Antón ...! En esta ocasión y por primera vez, una mujer ha sido la encargada de tal funciión: la periodista Ana Gaitero" a la que, como establece nuestra costumbre, le impone la "capa parda" su predecesor en tal función -Juan Pedro Aparicio- antes de que se arranque en su discurso. Mientras, combatiendo el frío, el "personal asistente" degusta el caliente vino "fervudo" -tinto, miel y orégano- y "el cotino" -panecillo sin sal y con la marca de la "tau"-. Y suenan más bailes regionales a cargo de Xeitu hasta que se reparten todas las papeletas para el sorteo. Pequeñas publicaciones que recogen la información tradicional, en ristre y foto del antiguo torreón y de la imagen del San Antón que estuviera en San Marcelo, (al igual como se recoge en el cartel anual) y hoy en el museo de los Pueblos Leoneses-.

Todo preparando el plato fuerte: en el que a alguno, además de a aquellos agraciados con todos los productos donados y de las "patas"/"uñas" o "manos de cerdo" y la "jeta u la oreja", inevitables en la tradición de nuestros pueblos mencionada, le toca al "gochín". Claro, no como antaño un cerdo de mayor o menor tamaño vivo. Se presenta al vacío y con su trazabilidad dentro cara a ser sorteado en ansiada espera de los presentes. Siempre es donado por cárnicas La Guzmana.
A continuación, ya para los de la Asociación e intervinientes en el acto, cena de la tradicional "laconada" y productos del cerdo. El paisaje sonoro lo ponen las canciones de sobremesa en el antiguo figón donde todo cobra realidad.
Al día siguiente, los actos ya no se protagonizan desde la Asociación San Francisco El Real Extramuros sino al cargo de la Cofradía del Stmo. Xto, de la Expiración y del Silencio -por ello, los cofrades llevamos "las taus" al cuello sobre las "capas pardas"-,
Todo comienza al son de dulzaina y tambor poniendo son a las tres tradicionales "vueltinas del Santo". Con un protocolo que implica comitiva con pendón, estandarte cofrade, "el ramo" a ofrecer y cantar, los tamboriteros y el Santo en sus andas, alrededor de la iglesia y parroquia de San Marcelo -sita donde estuvo el medieval Hospital de San Antonio Abad-. Luego la celebración de la misa, el "canto del ramo" al Santo por Xeitu, de nuevo los refranes por Manu Ferrero -que no lo hace a la antigua usanza a lomos de caballería- y la ya muy concurrida y popular "solemne bendición de animales", tan ancestral.

Cuando contribuí desde mi ámbito profesional en el asesoramiento y diseño de este acto y la fiesta, en intención de puesta en valor para un entorno urbano actual y, como se ha comentado, en modo de ejercicio de refolclorización que implica costumbres locales y provinciales aunadas, realmente ni un servidor ni los organizadores nos planteamos que pudiera llegar a arraigar de este modo. Algo parecido a como me ha ocurrido en planteamientos etnomusicológicos similares como con las Rondas/Marzas leonesas, o las tinieblas en el Museo de los Pueblos Leoneses en Mansilla de las Mulas, entre otros.

Por tanto, muy completo el festivo fin de semana y satisfactorio en lo personal. Así que, un año más: "Que d' güei nun añu! / ¡Que de hoy en un año!. ¡Que viva San Antón!



Cotinos, con su "tau" inscrita como "sello de pan" y el vasín de "fervudo".            Fotos gentileza Mª Edén  Fernández (19 en. 2026).

El "Cotino" por tierras leonesas y otras, se relaciona con "San Antón" / San Antonio Abad como ofrenda bendecida para los animales. En algunos puntos de la península se guarda como talismán para dar suerte. Este tipo de bollín bajo este nombre se relaciona también con la fiesta de otro Antonio: el franciscano portugués y devotísimo San Antonio de Padua. Así como con el llamado "pan de San Antonio" -que tradicionalmente como obra pía recauda en esa fecha fondos cada año en las casas franciscanas con fin de asistencia social-. Y que se lleva también a bendecir en las multitudinarias misas de ese día, en junio, a cuyo fin se entrega un bollín que también se denomina cotino.

 

El fervudo es un típica y tradicional bebida invernal para los catarros: vino viejo, miel y orégano. Probablemente de origen romano, pues variantes se mantienen en la tradición de muchos puntos geográficos del que fuera su imperio. Por tanto, típico de muchos lugares de la provincia y de nombre más divulgado por la mitad occidental, la montaña y El Bierzo. Además de sus usos tradicionales, en el ejercicio de refolclorización de los actos de la capital leonesa por San Antón -modelo también secundado en Astorga para su puesta en valor-, se recuperaron tanto su nombre como su contexto de degustación socializada en momentos de crudeza invernal en exteriores, como son las hogueras. 


La tradición de los cotinos

El antiguo Hospital de San Antonio vuelve de nuevo a la memoria, para recordar el papel de enclave fundamental entre el campesinado leonés desde finales del siglo XI

Aspecto que presentaba el antiguo Hospital de San Antonio Abad, en una lámina de la época
(Claustro/patio. La construcción redonda se halla hoy más pequeña en los jardines del viejo hospital en las instalaciones hospitalarias actuales)

Enrique Alonso Pérez - león
León

Actualizado:

En recuerdo de la pasada fiesta de San Antonio Abad, de múltiples connotaciones entre el campesinado español, queremos dedicar nuestra secuencia semanal al viejo hospitalón del santo ermitaño, que durante nueve siglos ocupó el solar sobre el cual hoy se levanta la espléndida casa de Roldán, en la plaza de Santo Domingo, y las casas adyacentes al viejo consistorio municipal de San Marcelo. Enclave que se puede admirar en la bella maqueta adquirida por la Diputación Provincial, diseñada por el inolvidable farmacéutico, Emilio Salgado Benavides, tras cinco años de intensos y minuciosos trabajos, ubicada hoy en la Biblioteca Regional «Domínguez Berrueta». Fue creado nuestro hospital allá por finales del siglo XI, y desde su fundación por el Obispo Pelayo, hasta su demolición, por traslado, en el año 1922, estuvo bajo la administración directa del Cabildo y obispos legionenses. La lectura de los dos primeros artículos que componen el total de los estatutos aprobados en el año 1906, nos proporcionan datos concretos de cómo se regía esta institución benéfica: «Artículo 1º.- La administración de este hospital, que fundado en el siglo XI por el obispo y Cabildo ha atravesado nueve siglos en un estado próspero ajo u patronato y dirección, se ejerce por medio de un administrador de «Corpore Capituli», elegido alternativamente por el Prelado y Cabildo, de forma que una vez elige el Prelado solo y otra vez el Cabildo, sujetándose éste a las reglas consignadas para la elección de personas. Artículo 2º. «El cargo de administrador del hospital durará tres años y tanto el Prelado como el Cabildo podrán reelegir, pero por una sola vez, al anteriormente elegido, el cual no podrá ser reelegido por segunda vez, debiendo espera a que pase otro turno». Abadía de San Marcel En la época de su fundación, el hospital estuvo adscrito a la primitiva abadía de «San Marciel» -antecedente de la que más tarde hemos conocido con la misma titularidad del Santo Centurión, pero con el nombre castellanizado de San Marcelo-. Hasta 1531 se denominó con el apelativo de este santo leonés; pero en este año, el último abad de San Marcelo, don Guillén de Prates, de conformidad con el obispo y Cabildo, convinieron en extinguir aquella dignidad y que sus rentas se aplicasen al hospital, que se reconocería en lo sucesivo con el nombre de San Antonio Abad. Estaba en extramuros Como todos los establecimientos hospitalarios, se encontraba a extramuros de la ciudad, pero León había ido creciendo y poco a poco el viejo hospital quedaba integrado en el conjunto ciudadano, precisamente por la parte llamada a dispararse en el proyectado ensanche de la ciudad. El propio director-jefe de la clínica quirúrgica, Emilio Hurtado Merino, describía la situación del edificio, en una monografía publicada en diciembre de 1904, con el título de «Frutos del Hospital de León», de la manera siguiente; «El emplazamiento de este hospital, higiénicamente considerado, tal vez sería bueno en los tiempos de su fundación; pero hoy, es indiscutible que el edificio ocupa uno de los más impropios puntos de la ciudad, y que gracias al exquisito aseo, a la higiene y al orden que de todo género reina en su interior, es muy poca o nula la influencia que ejerce en la pública salud. Mas ante el considerable desarrollo que en la actual época ha adquirido esta ciudad, en la que está triplicado el número de habitantes que tuvo en la Edad Media y se aproxima a veinte mil, resulta que hoy el hospital de San Antonio Abad casi se halla en el centro de la población...» Pocos años más tarde, en 1911, la prensa leonesa recogía la noticia de una reunión en el Gobierno Civil, en la que el asunto central a tratar, era la conveniencia del traslado del hospital hacia otras zonas periféricas con pocas posibilidades de expansión. Once años después, desaparecía el multisecular hospitalón que dejaba vía libre a la nueva estructura de la plaza de Santo Domingo que todos conocemos. Por aquello de que León siempre fue un hito de renombre en la ruta compostelana, el hospital descrito se encontraba en cierta manera, encajado en la red de establecimientos de este tipo, que prestaban auxilio a los peregrinos; red que se había ido formando al amparo de la Orden de San Antón, que a propósito de velar por la higiene y cuidado de los romeros, debía su patronazgo al caballero don Gastón. Mal de ardientes Y como dieron en menudear los enfermos atacados de cierto morbo que las gentes llamaban «mal de ardientes», la benéfica orden estudió el origen de la inoportuna enfermedad, que se cebaba precisamente en los angustiados caminantes a Santiago. Pronto se detectó la coincidencia de que todos los atacados, habían comido pan de centeno -siglos más tarde se supo que esta enfermedad no era otra que el ergotismo producido por el hongo venenoso que parasita ciertas gramíneas, y que recibe el nombre de «Cornezuelo del Centeno»-. Por eso la Orden de San Antón, convencida del por qué de la enfermedad, acudió prestamente a su remedio, y a lo largo del Camino de Santiago se repartía el llamado «Pan de San Antón», que consistía en unos pequeños panecillos signados con la Cruz «Tau» y compuestos de harina de trigo, sin fermentos ni sal, que inmediatamente hacían efecto a los enfermos, al suprimir la ingestión de nuevas dosis de centeno parasitado. Hasta los Altos de la Nevera Y así llegaron a nuestros días los curiosos panecillos, que perdido ya el sentido de su primitiva aplicación terapéutica, comprábamos a la puerta del Hospital de San Antonio -trasladado ya a los Altos de la Nevera- con el ánimo de comerlos por tradición más que por gusto. Tradición que hoy mantiene la Iglesia de Navatejera a la salida de la Misa de San Antón, el día 17 de cada mes de enero. No son muchos aquellos que, actualmente, conocen la historia narrada por San Antón, el patrón de los animales, que fue uno de los primeros santos del cristianismo que marchó al desierto buscando a Dios. En sus horas de soledad, encontró la compañía de un cuervo que le entregaba diariamente un panecillo, motivo por el cual se ha considerado el patrón de los animales. Cada mes de enero se le recuerda con actos como el que a mediados de enero sirve para honrarlo.

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l SANTO EGIPCIO, QUE REPOSA EN FRANCIA Y LA TRADICIÓN DE LOS COTINOS DEL HOSPITAL DE SAN ANTONIO ABAD DE LEÓN - 1971

Hoy traigo unas fotografías que hice en el el Hospital de San Antonio Abad, con motivo de su Festividad, el 17 de enero de 1971. Estas imágenes se centran en la bendición de los "cotinos" y la veneración de la reliquia del santo.

Al mismo tiempo una breve reseña de San Antonio, de la Orden de los Antonianos y de cómo el "Pan de San Antón", "los Cotinos", puso remedio a una grave enfermedad.
Espero que sea de vuestro agrado.

SAN ANTONIO ABAD
San Antonio Abad, según la "Vita Antonii" de San Atanasio, nació hacia el año 251 en la aldea de Coma, al sur de Menfis (Egipto), de padres campesinos y acaudalados. Según cuenta la leyenda, en una Misa resonaron en él estas palabras de Jesús: “si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”. Por ello, al morir sus padres vendió todos sus bienes, donó el dinero a los pobres y se consagró a la vida eremítica.

En sus horas de soledad, encontró la compañía de un cuervo que le entregaba diariamente un panecillo, motivo por el cual se ha considerado el patrón de los animales.

San Antonio Abad falleció en el año 356, probablemente a los 105 años de edad. Fue sepultado por sus discípulos en un lugar secreto, siendo su cuerpo milagrosamente hallado
dos siglos más tarde.

En el año 1070, las reliquias del Santo Ermitaño, son trasladadas desde Bizancio a Francia por un caballero francés, llamado Jocelyn, que las recibió del emperador como premio a su destacada participación en las Cruzadas.

El interés de este caballero francés por las reliquias de Antonio el Ermitaño, era debido a su curación, al parecer por intercesión directa del Santo, tras ser gravemente herido durante una batalla.

Dichas reliquias se colocaron inicialmente en la Iglesia Parroquial de Santa María, localizada en la ciudad de Saint-Didier (Francia).

En el 1074, las reliquias del Santo se trasladaron a la nueva Iglesia de Mota “Motte Saint-Didier” (Vienne, Francia), construida para este fin, y donde se conservan hasta la fecha.

Al poco tiempo de la llegada de las reliquias de San Antonio Abad a Francia, entre 1085 y 1095, una enfermedad denominada “ignis sacer”, “fuego sagrado”, "Fuego de San Antón" o “mal de los ardientes”, se extendió por toda la Europa medieval.

La epidemia fue descrita por las crónicas como una extraña "malatia", un castigo divino al causar profundos estados alterados de conciencia y cuyos síntomas, similares a la lepra en su fase más avanzada, consistían en fuertes dolores en brazos y piernas.

Los afectados acudían a la iglesia donde se veneraban las reliquias de San Antonio Abad invocando su intercesión.

Uno de los afectados por el “Fuego de San Antón” fue el hijo de un noble llamado Gastón de Valloire, que ante la gravedad de su hijo, prometió al Santo que si éste sanaba fundaría un hospital, anejo a su iglesia, para la atención de afectados y mendigos.
Cumplió su promesa dando origen a la Orden Hospitalaria de San Antonio Abad, llamados popularmente Antonianos.

En los "Flores Sanctorum" de Villegas y Ribadeneira, de finales del siglo XVI, aparecen relatos de la vida, milagros y hechos prodigiosos atribuidos a San Antonio Abad.
Relata en ellos la razón de la aparición de la "Cruz Tau" y la imagen del cerdo de su iconografía:

“… el Tao con que pintavan á este Santo, denota, que por virtud de la Cruz alcanço vitoria de los demonios. Pintanle tambien á sus pies un puerco con una campanilla: y es la razon, porque en Francia, teniendose devocion grande con S. Antonio, por estar alli su cuerpo, acostumbraran en todas la piaras, y crias de puercos, señalar uno, poniendole una campanilla, para ofrecerle cierto dia; y estiman en tanto aquel puerco, que si le hurtan, sienten mas su perdida, que si les fuesen hurtados otros muchos; y este es el que pintan junto al Santo…”

Los monjes Antonianos disfrutaron de diversos privilegios reales que les permitió recorrer, exentos de tributos, y acompañados de puercos, campanillas, bacines y atabaques, los lugares del Reino y pedir limosna para el mantenimiento de sus encomiendas y hospitales, conocida esta costumbre como “la demanda de San Antón”, práctica que recorrió, durante varios siglos, las ciudades, villas y lugares de España

A partir del siglo XI, fue cuando su fama milagrosa, como sanador, se extendió entre el pueblo mediante la Orden Hospitalaria de los monjes Antonianos.

Desde aquellos remotos e iniciales tiempos de la fundación de la Orden por Alfonso VII en 1146 y hasta 1787, año de su supresión, transcurrieron casi seis siglos y medio, donde miles de peregrinos fueron testigos de la hospitalidad y fervor de unos monjes entregados a los pobres y desfavorecidos.

LOS COTINOS (PAN DE SAN ANTÓN) COMO REMEDIO DEL "MAL DE LOS ARDIENTES"

El mal que había afectado a finales del siglo XI se extendío a través de las peregrinaciones.
Habiendo notado, los monjes Antonianos, que había gran cantidad de enfermos atacados de cierto morbo que las gentes llamaban «mal de ardientes», la Benéfica Orden Hospitalaria de los monjes estudió el origen de la inoportuna enfermedad, que se cebaba, precisamente, en los angustiados caminantes a Santiago y encontró la causa.
Todos los atacados por el mal, habían comido pan de centeno -siglos más tarde se supo que esta enfermedad no era otra que el ergotismo producido por el hongo venenoso que parasita ciertas gramíneas, y que recibe el nombre de «Cornezuelo del Centeno»-.

La Orden de San Antón, conociendo ya el por qué de la enfermedad, acudió prestamente a su remedio, y a lo largo del Camino de Santiago repartieron el llamado «Pan de San Antón», que consistía en unos pequeños panecillos signados con la Cruz «Tau» y compuestos de harina de trigo, sin fermentos ni sal, que inmediatamente hacían efecto a los enfermos, al suprimir la ingestión de nuevas dosis de centeno parasitado.

Y así llegaron a nuestros días los curiosos panecillos, que perdido ya el sentido de su primitiva aplicación terapéutica, comprábamos a la puerta del Hospital de San Antonio -trasladado ya a los Altos de la Nevera- con el ánimo de comerlos por tradición más que por gusto.

EL HOSPITAL DE PEREGRINOS DE LEÓN

Por aquello de que León siempre fue un hito de renombre en la ruta compostelana, el hospital se encontraba en cierta manera, encajado en la red de establecimientos de este tipo, que prestaban auxilio a los peregrinos; red que se había ido formando al amparo de la Orden de San Antón, que a propósito de velar por la higiene y cuidado de los romeros, debía su patronazgo al caballero don Gastón.

El viejo hospitalón del santo ermitaño, San Antonio Abad, durante nueve siglos ocupó el solar sobre el cual hoy se levanta la espléndida casa de Roldán, en la plaza de Santo Domingo, y las casas adyacentes al viejo consistorio municipal de San Marcelo.

En la época de su fundación, el hospital estuvo adscrito a la primitiva abadía de «San Marciel» -antecedente de la que más tarde hemos conocido con la misma titularidad del Santo Centurión, pero con el nombre castellanizado de San Marcelo-.

Hasta 1531 se denominó con el apelativo de este santo leonés; pero en este año, el último abad de San Marcelo, don Guillén de Prates, de conformidad con el obispo y Cabildo, convinieron en extinguir aquella dignidad y que sus rentas se aplicasen al hospital, que se reconocería en lo sucesivo con el nombre de San Antonio Abad.

Fue creado nuestro hospital allá por finales del siglo XI, y desde su fundación por el Obispo Pelayo, hasta su demolición, por traslado, en el año 1922, estuvo bajo la administración directa del Cabildo y obispos legionenses.

Los estatutos aprobados en el año 1906, nos proporcionan datos concretos de cómo se regía esta institución benéfica a principios del siglo XX:

«Artículo 1º.- La administración de este hospital, que fundado en el siglo XI por el obispo y Cabildo ha atravesado nueve siglos en un estado próspero bajo un patronato y dirección, se ejerce por medio de un administrador de «Corpore Capituli», elegido alternativamente por el Prelado y Cabildo, de forma que una vez elige el Prelado solo y otra vez el Cabildo, sujetándose éste a las reglas consignadas para la elección de personas.

Artículo 2º. «El cargo de administrador del hospital durará tres años y tanto el Prelado como el Cabildo podrán reelegir, pero por una sola vez, al anteriormente elegido, el cual no podrá ser reelegido por segunda vez, debiendo espera a que pase otro turno».

Como todos los establecimientos hospitalarios, se encontraba a extramuros de la ciudad, pero León había ido creciendo y poco a poco el viejo hospital quedaba integrado en el conjunto ciudadano, precisamente por la parte llamada a dispararse en el proyectado ensanche de la ciudad.

El propio director-jefe de la clínica quirúrgica, Emilio Hurtado Merino, describía la situación del edificio, en una monografía publicada en diciembre de 1904, con el título de «Frutos del Hospital de León», de la manera siguiente:
«El emplazamiento de este hospital, higiénicamente considerado, tal vez sería bueno en los tiempos de su fundación; pero hoy, es indiscutible que el edificio ocupa uno de los más impropios puntos de la ciudad, y que gracias al exquisito aseo, a la higiene y al orden que de todo género reina en su interior, es muy poca o nula la influencia que ejerce en la pública salud.

Mas ante el considerable desarrollo que en la actual época ha adquirido esta ciudad, en la que está triplicado el número de habitantes que tuvo en la Edad Media y se aproxima a veinte mil, resulta que hoy el hospital de San Antonio Abad casi se halla en el centro de la población...»

Pocos años más tarde, en 1911, la prensa leonesa recogía la noticia de una reunión en el Gobierno Civil, en la que el asunto central a tratar, era la conveniencia del traslado del hospital hacia otras zonas periféricas con pocas posibilidades de expansión.

Once años después, en 1922, desaparecía el multisecular hospitalón que dejaba vía libre a la nueva estructura de la plaza de Santo Domingo que todos conocemos.

FUENTES:
LA TRADICIÓN DE LOS COTINOS
https://www.diariodeleon.es/.../20070226010000887591.html

LOS COTINOS
https://etnoleon.blogspot.com/search/label/Cotinos

San Antonio Abad y el Hospital de Beneficencia de León
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2380051.pdf
LA CRUZ TAU
https://es.wikipedia.org/wiki/Cruz_de_tau 


C
OSTUMBRES LEONESAS EN TORNO A SAN ANTÓN Y EL FUEGO.
RUA ALLER, Francisco Javier


INTRODUCCIÓN
Antiguamente, la festividad de San Antonio Abad o San Antón, como era más popularmente nombrado, el 17 de enero, era celebrada en muchas localidades leonesas, pero actualmente, debido a la disminución de las actividades ganaderas y a la sustitución de los animales por las máquinas en las tareas agrícolas, su festividad ha ido desapareciendo de muchos lugares. Algunos actos que se mantienen actualmente son las misas y procesiones con el santo, los refranes o versos dedicados al protector de los animales (por ejemplo en Las Grañeras), las subastas de cerdos (La Bañeza), partes del cerdo (Astorga) o dulces (Algadefe), la bendición de animales (en muchos lugares), el reparto de panecillos u hogazas (Vega de Infanzones y Castrocalbón) y el encendido de hogueras la víspera (Villademor de la Vega). Otras han desaparecido parcialmente, como las ofrendas del Ramo o el ofrecimiento de simples velas el día de su festividad, durante las novenas o ante alguna petición particular por los animales enfermos. Finalmente, otras son un mero recuerdo, como el empleo del llamado marco o hierro de San Antón, con el que marcaban a los animales ante la aparición de epidemias en el ganado.
Algunas de estas costumbres están(ban) relacionadas con un elemento sacro y purificador como era el fuego, asociado al santo por algún pasaje de su vida legendaria o por el llamado fuego de San Antonio o ergotismo, una enfermedad que desató verdaderas epidemias en la Edad Media y a cuya curación dedicaron sus conocimientos y desvelos los frailes de la Orden Hospitalaria de San Antonio (los Antonianos), fundada en el siglo IX en Sant–Antonie (Francia), en el lugar donde se depositaron las reliquias del santo anacoreta.

EL FUEGO SAGRADO Y LOS PANECILLOS DE SAN ANTÓN
La iconografía más habitual de San Antonio Abad en las iglesias de la provincia leonesa es la de un santo anciano (vivió 105 años), barbado, apoyado en un bastón en forma de muleta u otras formas, con una esquila colgada al cuello, que sirve para ahuyentar a los espíritus malignos y a veces un libro (que indica el carácter sabio de quien fuera considerado “Padre Espiritual” (significado de la palabra “Abad”) de una de las principales corrientes monacales cristianas. Viste hábito largo, cuya forma puede variar, en ocasiones es negro, en relación con la Cofradía Hospitalaria de San Antonio y lleva la Tau o cruz egipcia, que era el emblema de la orden. A sus pies se coloca un cerdo (generalmente de color negro), para indicar que era dominador y protector de los animales; pero también puede estar relacionado con la idea que se tenía de este animal en el mundo antiguo: el cerdo era considerado un ser impuro, relacionado con la suciedad y el pecado. Animal tabú en muchas religiones, era asociado a la imagen del demonio. Satanás muchas veces adoptaba la forma de cerdo negro o jabalí. Por otra parte, en la teología cristiana, colocar animales a los pies de las figuras venía a significar que habían conseguido la perfección y la bienaventuranza, al dominar las fuerzas de la naturaleza y la materia. De manera más simple, este cerdo al lado del santo podía indicar la protección que prestaba San Antonio a todos los animales y, especialmente, al cerdo, base de la alimentación rural.
Más infrecuente es la representación del santo con lenguas de fuego a los pies. Una muestra de la misma se encuentra, dentro de la provincia leonesa, en la iglesia de San Pedro de Villademor de la Vega. No obstante, de acuerdo con algunos estudios, estas imágenes del santo con el fuego eran frecuentes en las iglesias y ermitas situadas a lo largo del Camino de Santiago, por cuanto en varias localidades de esta vía edificaron sus hospitales los Antonianos que se establecieron en la Península Ibérica y donde trataban, entre otras, la enfermedad del fuego sagrado (ignis sacer) o ergotismo, que padecían los peregrinos europeos que hacían el Camino.
Esta enfermedad, un padecimiento completamente enigmático por entonces, causó verdaderas epidemias desde el siglo IX al XIV en Europa, especialmente en las regiones orientales de Francia, Alemania y Rusia, con consecuencias más temibles, incluso, que la propia lepra. Se presentaba bajo formas muy diversas: en unos casos afectaba a las vísceras abdominales, originando un cuadro doloroso que conducía a una muerte súbita; en otros, los más frecuentes, secaba los miembros (los enfermos presentaban terribles y dolorosas lesiones gangrenosas en dedos, nariz y orejas). Fue denominada fuego de San Antonio, bien porque muchos síntomas recordaban el martirio que había sufrido el santo cuando se fue a orar al desierto (y los demonios le herían cruelmente), o bien porque se extendió la creencia de que el santo eremita era, por voluntad de Dios, el único capaz de curar el fuego sacro, dirigiéndose los enfermos hacia su santuario situado entre Vienne, Grenoble y Valence.
Siglos después se supo que la enfermedad estaba producida por el consumo de pan de centeno contaminado con el hongo Claviceps purpurea (el cornezuelo). Los enfermos del fuego de San Antonio que acudían a los hospitales de los Antonianos eran tratados con los escasos remedios conocidos por entonces: ungüentos de sustancias grasas para las llagas, emplastos hechos de cera, esencia de trementina para la tos, membrillo como astringente y tisanas de diferentes tipos de hierbas. Además se les proporcionaba el “Pan de San Antón”, consistente en unos pequeños panecillos marcados con la cruz Tau y elaborados con harina de trigo, sin fermentos ni sal, los cuales inmediatamente proporcionaban el alivio necesario a los enfermos, al sustituir a los panes de centeno parasitado.
Como recuerdo a estos panecillos terapéuticos, se mantuvo la costumbre de repartir el “Pan de San Antón” durante la festividad del santo eremita. Así, por ejemplo en el Hospital de San Antonio Abad de León, situado inicialmente en el centro de la capital (cerca de la iglesia de San Marcelo) y posteriormente a las afueras (en los altos de Nava), estos panecillos recibieron el nombre de “cotinos” y se repartían, al menos, hasta mediados del siglo pasado durante la festividad del santo, tal y como recuerda la siguiente noticia del periódico La Luz de Astorga, en la sección “Lo que sucede” en la capital de la provincia:
“Mañana celebrará el Hospital Provincial de San Antonio Abad su fiesta patronal con misa solemne y reparto de los clásicos «cotinos» o bollos benditos” (1).
La costumbre desapareció hasta hace algunos años, en que volvió a recuperarse, si bien en un domingo cercano al 17 de enero, tal y como recoge también la prensa local:
“El pan de San Antón cerró el programa de celebraciones por la onomástica del santo, que ayer [13 de enero] bendijo a los cientos de animales de compañía que acudieron a la cita con la protección de su venerado. Panecillos de San Antón, característicos por la ausencia de sal en la receta, por la escasa fermentación y por acompañarse de los sinsabores del frío invernal. Así de forma secular” (2).
Por su parte, este año de 2009 (es 2007), la Asociación San Francisco El Real Extramuros de León recuperó la tradición de la festividad de San Antón en la ciudad, el mismo día 17 de enero, y unió al tradicional reparto de los “cotinos”, el encendido de una hoguera, el sorteo de un lechón y el recitado de los refranes al santo. Todo ello acompañado de un “fervudo” (vino caliente con orégano y miel) (3).
Cerca de la capital, en Vega de Infanzones, se siguen bendiciendo los “panes de San Antón” durante la misa del santo. Los asistentes luego pagan por ellos, dando una limosna, y los llevan para casa. Lo comen las personas y como el pan está bendito, se lo dan a comer a los animales, para que queden de esta forma bendecidos (4). Costumbres similares se practicaban en Bembibre, donde según nos comenta Alonso Ponga en un magnífico trabajo sobre la festividad de San Antón en Castilla y León: “En Bembibre (León) se bendecían unas «bollas» (panecillos de forma vagamente antropomorfa que son típicos de este día) de los cuales comen posteriormente las personas y, finalmente, los animales” (5). En varios lugares de España también se repartían (y se siguen repartiendo) estos panes de San Antón, siendo sustituidos en algunos lugares por dulces como “rosquillas de San Antón” (Las Grañeras, Ciudad Rodrigo y Rosales de Campos, entre otros) (6) o tartas (Algadefe). En la localidad leonesa de Castrocalbón aún hoy se celebra la festividad de San Antonio Abad, con los siguientes actos: asistencia a los funerales por los hermanos difuntos, novena, procesión y banquete, donde cada cofrade recibe una tradicional hogaza de pan bregado (7).

HOGUERAS Y VELAS
Fuego profano y fuego sagrado también se unen en la fiesta de San Antón. El primero está representado por las hogueras que se encienden en las calles o en los hachones que portan los participantes en la fiesta, de lo cual hay numerosas manifestaciones a lo largo de la geografía española, baste mencionar las que se mantienen actualmente en Navalvillar de la Pela (Cáceres), en San Bartolomé de Pinares (Ávila) y en Alfaro y otras localidades riojanas. Asimismo son conocidos estos fuegos en varias poblaciones del Levante y Andalucía, por ejemplo la gran hoguera de Canals (Valencia), los “chisperos” de Níjar (Almería), los “chiscos” de la Alpujarra (Granada), las “lumbres de San Antón” de Jaén y las hogueras de Trigueros (Huelva), donde la fiesta se asocia a las célebres “tiradas”, que consisten en arrojar desde los balcones panes, embutidos, objetos de valor y las tradicionales “roscas”, que son recogidos por los que asisten desde la calle a la fiesta.
En León, no obstante, el encendido de las hogueras durante la festividad de San Antonio Abad no es muy frecuente y son muy escasas las localidades que mantienen esta costumbre. Anteriormente mencioné la hoguera que se ha comenzado a encender en la capital leonesa; los periódicos mencionan también la del barrio astorgano de Puerta de Rey (😎 y sin duda, la más conocida es la que se sigue encendiendo en Villademor de la Vega, que data de mucho tiempo atrás, y de la cual pudimos recoger los siguientes testimonios:
“La víspera de la fiesta, los mozos hacían la hoguera delante de la ermita del Cristo, se tomaba mistela, había danzantes y algunos se vestían de Carnaval, por parejas, por ejemplo”.
“Lo que sobraba de la hoguera (los rescoldos) lo llevaban los vecinos para los braseros”.
“A las 12 de la noche (de la víspera de la fiesta de San Antonio) se hacía la hoguera con danza. Había unos birrias con una careta y daban a la gente por las calles. Los danzantes iban por las calles para hacer la fiesta. Cuando se quemaba la hoguera se disfrazaban de Carnaval”.
“Delante de la hoguera echaban las poesías, cada uno iba diciendo unas, como ésta:
Oh glorioso San Antón,
el diecisiete de enero,
lleve la burra al agua
y se me cayó en el reguero.
Me tiró cuatro pedos.
uno para Juan,
otro para Pedro
y otro para el que hable el primero” (9).
Actualmente la fiesta de San Antón en Villademor, como en otros muchos lugares, ha pasado a celebrarse el fin de semana más cercano al día 17 y está unida a la fiesta de la patrona, La Virgen de la Piedad, que se conmemora el fin de semana anterior.
Los testimonios recogidos sobre esta festividad merecen algunos comentarios. En primer lugar destaca el carácter festivo comunitario, con la reunión de los vecinos en torno al fuego, en una fecha en la que la gente del campo tenía más tiempo libre, por cuanto las condiciones meteorológicas limitaban sus tareas, y servía para reforzar los lazos de vecindad. Tampoco debemos pasar por alto la presencia de disfraces alrededor de la hoguera, y esto es así por cuanto la fiesta de San Antonio Abad está próxima a los Carnavales, tal y como reflejan algunos refranes: “Por San Antón, mascaritas son” (Ciudad Rodrigo), “Las niñas de poco seso, por San Antón comienzan el Antruejo”(Tierra de Campos) y en general, “Por San Antón, carnestolendas son”. Es interesante también destacar el hecho de que la gente recoja los rescoldos de la hoguera para llevarlos a sus casas y emplearlos en el encendido de los braseros, una utilidad doméstica que pudo tener un significado más profundo en sus orígenes, y que está relacionada con prácticas similares que se realizaban en otros países de Europa, tal y como refiere Frazer a propósito de los fuegos de Cuaresma, del primero de mayo o incluso del solsticio estival (10). Finalmente, debemos recordar que las hogueras de San Antón son una manifestación más de los fuegos del solsticio de invierno, que se encienden no sólo durante la Navidad, Reyes y San Antón, si no también durante La Candelaria, San Blas y otras festividades de santos de devoción más limitada, tal y como recuerdan varios folkloristas (11).
El fuego sagrado relacionado con San Antón lo constituían las velas que se llevaban al santo el día de la fiesta; alumbraban durante toda la misa y luego se dejaban en la iglesia. Hemos encontrado distintas manifestaciones a lo largo de la provincia. La información más repetida era que “el que quisiera le ponía la vela a San Antón, ese día la llevaba a la iglesia y se le pedía por el gocho” (12). En Valdefuentes del Páramo, por ejemplo, nos comentaron lo siguiente sobre esta costumbre: “Le llamaban San Antonio de enero; el día de la fiesta, que no se dejaba de trabajar, se llevaba una vela a la iglesia y se la ponía junto al santo para pedir por los animales y se dejaba en la iglesia hasta que se apagaba o la quitaban” (13).
En Vega de Infanzones, el 17 de enero se engalanaba al santo, que estaba en la ermita de la Vera Cruz (lo vestían con túnica o capa), las gentes llevaban velas a la iglesia, que bendecía el sacerdote durante la misa y se dejaban alumbrando en unos armazones de madera, cerca del santo. El domingo siguiente se retiraban y se llevaban para las casas. A ese domingo lo llamaban “San Antonín” (14).
En Solana de Fenar, el día de San Antón se preparaba un ramo que llevaba 13 velas (6 a cada lado y una mayor, rizada, en el medio). Lo portaba un mozo, que era el quinto de ese año, lo llevaba a la iglesia antes de la misa acompañado por unas mozas, las cuales cantaban el Ramo, una de cuyas estrofas era la siguiente:
“Este ramo que llevamos,
lleva una vela mayor,
que se lo regalamos las mozas
el día de San Antón” (15).

En Las Grañeras todavía hoy se ofrece un ramo de roscas con dos o tres velas al santo; además cuando alguien tenía un animal enfermo ponía una vela a San Antonio y dejaban encendidas las velas durante la novena al santo (16).

EL MARCO DE SAN ANTÓN
En algunos pueblos leoneses se conservó la costumbre, hasta hace algunas décadas, de marcar a los animales (vacas preferentemente) con el llamado hierro o marco de San Antón, cuando surgían algunas epizootias. Era una forma de librarles de la enfermedad que estaban padeciendo, una práctica que entraría dentro de lo que Frazer consideraba el “fuego de auxilio”, necesidad o urgencia, el cual encendían los campesinos en muchas partes de Europa, en ciertas ocasiones, como eran las épocas en las que los rebaños se veían atacados por enfermedades epidémicas. En su forma más pura, estos “fuegos de auxilio” los constituían las hogueras que se encendían por fricción de dos piezas de madera y en cuanto las llamas comenzaban a extinguirse, se hacía pasar por las ascuas a los animales enfermos (17).
Del marco de San Antón he podido recoger tres testimonios en la provincia leonesa: en Villacidayo, en Valdepolo y en Lugán. Afortunadamente en uno de estos lugares (Valdepolo) conseguimos fotografiar uno de ellos, en Lugán tan sólo encontramos las marcas producidas por el hierro de San Antonio en las puertas de las cuadras y en Villacidayo sólo permanecían los recuerdos de aquel uso que llegó a tener el hierro hace algunas décadas.
El marco de Villacidayo aparece citado en el trabajo de María Campos y José Luis Puerto sobre las fiestas de la comarca de Rueda, publicado en 1994. En él se menciona un hierro que terminaba en cruz, existente por entonces en la iglesia del pueblo, el cual tenía el siguiente uso: “Como San Antón es el patrón de los ganados cuando alguna enfermedad o epidemia se extiende entre el mismo (vacas, cerdos, etc.) se marcaba a cada animal en las nalgas con el marco de San Antón (Villacidayo), calentando para ello el hierro, que se haya depositado en la iglesia, a fuego vivo”. Los mismos autores mencionan la existencia de marcos similares en pueblos cercanos como Vega de Monasterio y Valdepolo, que se utilizarían con los mismos fines curativos; el de Vega de Monasterio era un hierro terminado en A (18).
Catorce años más tarde, en la encuesta que realicé en Villacidayo, nuestra informante nos proporcionó los siguientes datos sobre el hierro de San Antonio y su uso hace ya varias décadas, tanto en Villacidayo como en Carbajal, una localidad cercana:
“Cuando había epidemia se marcaba a los animales con el hierro de San Antonio, que el alcalde era el encargado de guardarlo. Se decía «hay gripe en las vacas» y entonces se juntaban todas en la plaza y el alcalde u otra persona las marcaba con ese hierro. Las vacas al sentir el dolor se esberrizaban todas” (19).
A escasos kilómetros de allí, en Valdepolo, pudimos encontrar el marco de San Antonio y fotografiarlo, gracias a la amabilidad de su propietaria. Es el que se muestra en una de las fotos de este artículo. No es muy grande, tendrá unos cuarenta centímetros de longitud, con mango de madera y barra de hierro terminada en cruz griega, de unos cuatro centímetros cada brazo. Al parecer este hierro lo mandó hacer la madre de nuestra informante cuando se desató una epidemia en el ganado vacuno, hará unos cuarenta o cincuenta años, tal y como nos comenta:
“Fue una epidemia grave, se morían dos ó tres vacas diariamente, entonces alguien dijo: «¿por qué no hacemos el marco como lo hacían antes?». Y se hizo y ese se pasaba de uno a otro, de casa en casa, para que fueran marcando las vacas y así quitarles la enfermedad” (20).
Por esos mismos años parece que emplearon por última vez un hierro de San Antón en otra localidad leonesa, Lugán, cerca de Boñar, en las orillas del Porma. Así nos lo refirieron:
“Se usó para el ganado cuando tenía gripe [glosopeda], la boca de las vacas se llenaba de ampollas, hará unos cuarenta o cincuenta años, ahora desapareció la costumbre. Se calentaba y se marcaba en las ancas. Se encontraba en una capilla. Era redondo con una cruz en el medio, lo iban pasando por las casas y con él marcaban el ganado” (21).
No encontramos el hierro como tal, pero sí las marcas que con él se practicaban en las puertas de las cuadras. Otro vecino de la localidad nos comentó la razón de tal costumbre:
“Era el marco de San Antonio el Gochero, con él marcaban las cuadras cuando terminaba la obra, se pedía al abad [de la Cofradía de San Antonio Abad, existente en el pueblo] el hierro y se marcaban las puertas. También marcaban el ganado. Ese hierro… yo creo que desapareció, ya no me acuerdo de él” (22).
De esta manera, al grabar las puertas de las cuadras con el hierro santo se creía que los animales se verían protegidos de las enfermedades o incluso de algún “mal de ojo” producido por las brujas. Con una finalidad similar, en varias localidades del Páramo leonés lo que se aplicaba a las puertas de las cuadras, o incluso de las viviendas, era una herradura candente, a fin de que quedara impresa su huella, lo cual serviría para alejar a los espíritus malignos que causaban las enfermedades del ganado (23).

La herradura, como se sabe, es un símbolo de la suerte y un amuleto protector contra el Mal. La explicación de sus virtudes puede estar, por una parte, en la creencia antigua de que el hierro es metal de influencias benéficas y por otra, en el simbolismo religioso ancestral que encierra la herradura, por su semejanza con el creciente o media luna, representación de la divinidad (24).

NOTAS

(1) La Luz de Astorga, 16 de enero de 1957.

(2) LÓPEZ, R.: “Benditos animales”, en Diario de León, 14 de enero de 2008.

(3) SUÁREZ, H. L.: “¡Qué viva San Antón!”, en Diario de León, 17 de enero de 2009, p. 6.

(4) Informó María del Sagrario Cristiano, de Vega de Infanzones (julio, 2008).

(5) ALONSO PONGA, J. L.: “Manifestaciones populares en torno a San Antón en algunas zonas de Castilla y León”, en Revista de Foklore, nº 2, 1981, pp. 3–10.

(6) Informó Lourdes Lozano, de Las Grañeras (julio, 2008) y datos de ALONSO PONGA, J. L. op. cit.

(7) DOMINGO, A.: “Una cofradía con rebaño y pan bregado”, en Diario de León, 18 de enero de 2008.

(8) “La cofradía de San Antonio Abad celebra su fiesta anual”, en Diario de León, 20 de enero de 2007.

(9) Informaron Javier Rodríguez, María Cruz Morán, José Luis Morán, María del Carmen Martínez y José Chamorro, de Villademor de la Vega (julio, 2008).

(10) FRAZER, J. G.: La rama dorada.Fondo de Cultura Económica. México, 2ª edn, 12ª reimpresión, 2003, pp. 691, 697 y 701. Así por ejemplo respecto a los rescoldos recogidos en las hogueras del solsticio de verano, en la Alta Baviera (Alemania), nos dice el autor: “Muchos labradores en ese día apagaban la lumbre de su hogar y lo volvían a encender por medio de tizones y brasas cogidos de la hoguera”. Dichos tizones servían para proteger las casas de los rayos y si se esparcían por los campos aumentaban la fertilidad de los cultivos, sirviendo además, para facilitar el crecimiento del ganado.

(11) Ver por ejemplo DE HOYOS SAINZ, L. y DE HOYOS SANCHO, N.: Manual de Folklore, Manuales de la Revista de Occidente, Madrid, 1947, p. 186 y TABOADA CHIVITE, X.: Ritos y creencias gallegas, Gráficas Magoygo, A Coruña, 1982, p. 244. Este último autor habla de las hogueras que se encendían en Galicia en las festividades de San Mauro (15 de enero), San Antón y La Candelaria.

(12) Informaron Emeterio Escapa (Lugán) y María Cruz Morán (Villademor de la Vega). Datos recogidos en julio de 2008.

(13) Informó María Luisa Garmón, de Valdefuentes del Páramo (junio, 2008).

(14) Informó María del Sagrario Cristiano, de Vega de Infanzones (julio, 2008).

(15) Informó Julia González, de Solana de Fenar (julio, 2008).

(16) Informó Serapia Mencía, de Las Grañeras (julio, 2008).

(17) FRAZER, J. G.: Op. cit., pp. 717–720.

(18) CAMPOS, M. y PUERTO, J. L.: El tiempo de las fiestas. (Ciclos festivos en la comarca leonesa de Rueda). Excma. Diputación Provincial de León, León, 1994, pp. 40–43.

(19) Informó Amor Barrientos, de Villacidayo (julio, 2008).

(20) Informó Eusebia Solís, de Valdepolo (julio, 2008).

(21) Informó Milagros Díez, de Devesa de Curueño (julio, 2008).

(22) Informó Emeterio Escapa, de Lugán (julio, 2008).

(23) RÚA ALLER, F. J. y RUBIO GAGO, M. E.: La piedra celeste. Creencias populares leonesas, Excma. Diputación Provincial de León, León, 1986, pp. 179–180. De forma similar, en la Montaña de Boñar, las herraduras se clavaban en las puertas para impedir el paso de las hechiceras o de [a] los males que pudieran producir. Asimismo, se solían colocar en las chimeneas de las viviendas, por ser éste el lugar por donde se suponía que penetraban las brujas.

(24) Para mayor información sobre la superstición de la herradura y su representación en determinadas rocas de la provincia leonesas, ver: RÚA ALLER, F. J.: “Piedras de ferradura”, en Diario de León, 15 de noviembre de 1985, p. 32.



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